Hace ahora un año, cuando al 2019 le quedaba un suspiro, trabajábamos “contrarreloj” para lanzar el “Observatorio Cinegético”, un proyecto de ciencia ciudadana que cambiará el destino de la gestión y conservación de las especies cinegéticas en España. Tras la Navidad, nos embarcamos en un “tour” por península y archipiélagos para dar a conocer esta iniciativa a las federaciones autonómicas de caza, protagonistas de éste y otros tantos proyectos.

Enero y febrero fueron, como viene siendo habitual, una vorágine de viajes, reuniones, conferencias, trabajo de campo, actividad de comunicación y defensa jurídica que prometían un año “intenso”, con cada vez más frentes abiertos y desafíos por resolver. Pero todo cambió aquella semana de marzo en la que, de repente, nos dimos de bruces con la realidad y tuvimos que enfrentarnos a un confinamiento nunca antes visto en nuestra historia reciente.

Comenzaron a llegar noticias horribles de hospitales colapsados y cifras de enfermos y fallecidos que nos siguen conmoviendo. En cierta medida, el “resto” de cosas pasó a un segundo plano y nos refugiamos en nuestros seres queridos, pero también encontramos un “bálsamo” en nuestro trabajo: cuanto más estrictas eran las restricciones de movimiento, mayor era nuestro deseo de estar en contacto con todas las personas que nos brindan su apoyo. Convertimos nuestras casas oficinas, y las videoconferencias en una herramienta de trabajo que parece que ha venido para quedarse. Y el trabajo de campo tuvo que cancelarse hasta nuevo aviso.

Pronto se nos plantearon desafíos en pleno confinamiento, como la necesidad de realizar controles de especies cinegéticas, la propuesta de moratoria para la tórtola común o la propuesta de que la perdiz roja fuera catalogada como “vulnerable”. Humildemente, creo que el sector estuvo a la altura para defender a la caza como actividad esencial y contrarrestar los ataques que venimos sufriendo (y que no se detendrán), por parte de una estrategia dirigida a terminar con la caza de aves, sean residentes o migratorias.

En ese periodo, nos enfrentamos también a la cuestión de inconstitucionalidad presentada contra la modificación de la Ley de Castilla y León,  hecho que ha terminado con una querella contra tres jueces por parte de Artemisan y con la declaración de constitucionalidad de la Ley de Caza de Castilla y León  por parte del Tribunal Constitucional, dando la razón a Fundación Artemisan, la Junta de Castilla y León, sus cortes y el Colegio Oficial de Ingenieros de Montes, entre otras entidades.

La finalización del primer confinamiento supuso un cierto respiro, aunque éramos conscientes de que la Covid-19 no se había marchado, de ahí que nuestra forma de trabajar, en muchos aspectos, fuera la misma que cuando estábamos confinados. Volvimos al trabajo de campo, una suerte después de haber estado encerrados. Y en el verano, de nuevo, nos encontramos en la vorágine para prepararnos frente a una temporada de caza incierta e imprevisible.

En Octubre, la sombra de la Covid-19 era ya alargada y en noviembre terminó por cubrirnos. Como consecuencia de ello, y como nos temíamos, las cifras de hospitalizados volvieron a crecer y era cuestión de tiempo que ciertas restricciones de movimiento volvieran a implantarse, si bien conseguimos que la caza pueda practicarse en la mayor parte de España aunque con lógicas limitaciones y como herramienta de control, para evitar problemas ambientales y sanitarios.

Por desgracia, en algunas CCAA se produjo un enfrentamiento entre cazadores, que a mi juicio era absolutamente innecesario y muy perjudicial para el sector en su conjunto. Algunos cazadores no entendieron que se intentó regular toda la actividad cinegética pero que las autoridades sanitarias solo permitieron aquellas que eran necesarias para controlar poblaciones por sus consecuencias para la sanidad animal y la conservación de los espacios protegidos o la agricultura.

Y hoy, cuando nos toca mirar al 2021, nos cuesta pasar página al 2020, sobre todo por el recuerdo de tantos que no podrán hacerlo, o que lo harán con graves secuelas producidas por el maldito virus. Miramos al año que viene con incertidumbre pero con mucha esperanza, porque pese a las grandes dificultades y retos del año que termina, estamos aquí para contarlo y tenemos energía y tesón para defender que la caza siga siendo una actividad con futuro.

Seguiremos trabajando para que nuestro mensaje llegue a todo el mundo, sea de forma presencial o virtual. No pararemos hasta que la caza ocupe el lugar que le corresponde, en una sociedad cada vez más desconectada de lo rural y lo silvestre. Y no cejaremos en nuestro empeño de dotar al sector cinegético de herramientas para que la caza siga siendo una práctica sostenible, generadora de riqueza ambiental, económica y cultural.

Debemos pensar en un futuro incierto para la caza, donde el animalismo y el ecologismo cada vez tienen más presencia, incluso con todo el beneplácito político, pero también estaremos más preparados que nunca. No duden que la aparición de la Fundación Artemisan en el panorama cinegético ha aportado rigor, profesionalidad y datos científicos que podrán contrarrestar el radicalismo y la ideología.

Reciban nuestros mejores deseos para el 2021

Luis Fernando Villanueva, Director de Fundación Artemisan