El 2 de diciembre recibo varias llamadas a mi móvil desde un número desconocido y lógicamente, como cualquier cochino que vaya a entrar a la encina de las bellotas más dulces al atardecer, recelo.

Presiento que la llamada proviene de un operador de telefonía móvil y que si contesto acabarán haciéndome el lio y no respondo. Pero esta vez me equivoco y Luís Fernando Villanueva, director de Artemisan, me saca de mi error mediante un escueto mensaje en el que me informa de que he sido agraciado en el sorteo que realizan cada año entre sus cooperadores, con la posibilidad de recechar un macho montés de Beceite.

Pasada la sorpresa inicial y puesto en contacto telefónico con él, Luís Fernando me informa de algunos detalles y me pasa el teléfono de Joaquín Cloquell, cazador y orgánico de Sierra Alta Servicios Cinegéticos, empresa de prestigio dedicada a la organización de monterías, recechos de corzos, machos monteses y gamos y venados en berrea.

Tras una breve conversación telefónica quedo con Joaquín en ir a por mi macho el próximo viernes día 13.

Llega el día. Madrugón en Barcelona para poder estar desayunando en Castel de Cabra a las 08:30. Este es un pequeño pueblo turolense situado cerca del Maestrazgo aragonés, en la comarca de Cuencas Mineras, y con solo echar un vistazo a sus montes rocosos y escarpados uno ya intuye la presencia de las monteses.

He tomado precauciones para ser puntual y lo consigo, llegando antes de lo previsto a la Fonda El Espliego, al pie de la nacional 420 que viene de Alcañiz. Me recibe Remigio, el guarda del vedado y pronto amigo y compañero de caza. Con él y con mi chaval, Ricardo, que me acompaña siempre como morralero en espera de poder conseguir, ya pronto, su propia autorización para el uso de armas.

Tardo aproximadamente un minuto en darme cuenta que he tenido mucha suerte. Remigio es cordial y noble, como suele serlo la gente de campo, y aún más la gente aragonesa. Y en él se unen ambas cosas.

Charlamos sin parar de caza, y ahí en la barra de la fonda, junto al humeante café con leche, ya caen abatidos corzos, venados, cabras y alguna que otra patirroja. Nos interrumpe la llegada de Joaquín, que acompaña a un par de cazadores que vienen, como él, de Guadalajara.

Nuevos apretones de manos y la satisfacción de conocernos en persona. De nuevo tengo la sensación de estar haciendo un amigo. Nos toca ir con Remigio y nos proponemos romper terrones y subir esos laderones en busca de los machos.

Se notan los mil y tantos metros de altitud cuando uno arrea montaña arriba tras los pasos de un paisano criado en esas tierras, y es entonces cuando se agradecen las horas pasadas en el gimnasio o el haber renunciado a los turrones hasta la Nochebuena.

Los machos monteses están arriba, con sus cabradas, y son muchos los pares de ojos que contemplan nuestras evoluciones desde la distancia, sabiéndose seguras entre los peñascos.

Vemos un grupo en el que parece haber algún macho bueno, aunque difícil de valorar por la distancia y por estar en el viso. Nuestro objetivo es un macho representativo, pero tanto Joaquín como Remigio ya me han dejado claro que buscaremos uno bonito, pero bonito, bonito.

Subimos y subimos. Miro de reojo a mi chaval, que con sus 14 años recién cumplidos aún se me queda atrás, y pienso para mis adentros en lo poquito que queda para que sea yo, con mis 53, el que pronto vaya a su rebufo. Da igual, porque los dos apretamos para seguir a Remigio.

El espectáculo en la cima es sensacional, como corresponde a esa indómita zona de Teruel, pero sopla un viento de poniente tan fuerte que se nos hace imposible hasta mantener los ojos abiertos. Ni pensar en usar los prismáticos porque no es posible mantenerlos quietos, y por supuesto no existiría posibilidad alguna de efectuar un disparo en condiciones. Así que desistimos de buscar las cabras y optamos por regresar al coche e intentar nuevas asomadas si conseguimos verlas.

El viento en la caza ya sabemos lo que es; incomoda a los animales que se ven privados de su oído y todos actúan más o menos igual, recelando más de lo habitual y colocándose a resguardo en zonas donde se sientan seguros y en las que es más dificultoso sorprenderles.

Subimos al todoterreno con el pelo alborotado, los ojos llorosos y notando ese calorcillo en las orejas tan propio del cambio de temperatura al entrar en el coche. Entonces, mirando por la ventanilla la inmensidad de esos montes de piedra, es cuando uno se da cuenta de que está en manos de su guía y que es la experiencia del guarda y las horas, y días, y noches que él ha pasado en el monte para conocer las querencias de los animales lo que hará que hoy, con suerte, seamos capaces de vencer al campo y volvernos a casa con un bonito trofeo.

«Vamos a probar donde las vi hace un par de semanas, en los Barrancones», me dice Remigio mientras me saca de mis cavilaciones. Pronto todo se precipita; un gran macho con una enorme cornamenta en forma de uve se encuentra tranquilo junto a sus cabras, que nos miran adivinando nuestros perfiles, pero sin tenerlo muy claro a causa del terreno y porque ahora el fuerte viento nos favorece a nosotros.

Yo, que nunca en mi vista he visto antes un macho montés en el campo, tengo la sensación de estar contemplando un animal imponente, poderoso. Sus hembras miden como la mitad que él y a su lado parecen diminutas, lo que le hace aún más espectacular.

Oigo las indicaciones de Remigio y los comentarios de Ricardo, pero todo en segundo plano, como si no fuesen conmigo. Ahora solo estamos el macho y yo, y mi rifle y mi visor. Siento la madera pulida en mi mejilla y percibo el olor metálico del arma. Saco el seguro y el rifle queda amartillado.

Tengo el visor al máximo, y me doy cuenta de que 16 aumentos son innecesarios porque apenas nos separan unos 70 metros y contemplo al animal a placer. No quiero disparar porque cuando lo haga se acabará todo, así que guanto unos segundos mientras el animal, cruzado, me mira.

Sé que me la estoy jugando y que los lances se resuelven para bien o para mal en una milésima parte del tiempo que nos gustaría que durasen, así que sitúo el punto rojo en su paletilla y disparo.

Casi todo son virtudes en el 300 WM, pero la patada te la pega quieras o no, dejándote unas décimas de segundo sin saber muy bien qué ha pasado. Acerrojo de nuevo rápidamente por costumbre, pero ya noto en mi espalda las palmadas de felicitación de Remigio y de mi chaval, ya que el macho montés yace muerto tras un disparo cuya única dificultad era decidirse a apretar finalmente el gatillo.

Nos acercamos y cuando llego a él me viene a la mente aquel pasaje en el que Lorenzo, el protagonista de Diario de un cazador, abate por primera vez en su vida una avutarda y se queda maravillado de que un animal así, tan magnífico, no tenga dueño y pueda ser él quien lo posea.

¿Realmente tengo derecho a haber quitado a ese señor de su castillo de piedra? ¿De haberle apartado de sus hembras? ¿De haberle privado de seguir viviendo en esos montes en los que nació hace ya una docena de años?

Y es entonces cuando el agradecimiento a Fundación Artemisan se materializa en toda su verdadera amplitud, porque entiendo que los cazadores españoles, esclavos de tantos años de entender egoístamente la caza y la Naturaleza, necesitamos pasar al siguiente nivel y comprender que caza y gestión, que caza y conservación, que caza y respeto son simple y llanamente sinónimos.

Y que necesitamos estudios serios que avalen nuestras capturas, y que necesitamos mejorar nuestra imagen entre los que no nos entienden…para que acaben entendiéndonos.

En esas estoy mientras acaricio el pelaje de ese precioso animal y mientras sacamos sus lomos y jamones – forma habrá de encontrarle acomodo y aprecio entre los pucheros a la denostada cabra montés- y durante la sesión fotográfica de rigor.

Luego, ya con calma, vamos a comer y puedo compartir con Joaquín y Remigio unas buenas viandas de la tierra.

Y el día parece haber acabado maravillosamente, con un hermoso trofeo de macho montés de 202 puntos CIC en el coche, cuando Joaquín, de repente nos dice: “si no tenéis mucha prisa podemos salir a cazar una hembra”.

¿Prisa? ¡Ninguna! Y allí que vamos de vuelta con Remigio al frente a por una preciosa hembra, que acaba siendo abatida tras un bonito lance. Y aunque el tiempo corre siempre, los días como hoy parecen volar.

Y llega el momento de las despedidas y los apretones de mano. Y como ocurre entre nosotros los cazadores, tienes la sensación de estar despidiéndote de un amigo querido, y no de alguien al que conoces tan solo hace unas horas.

Ya de vuelta a casa, recién duchado, con ropa cómoda, zapatillas y bien encajado en el sofá, y aún con todo bien fresco en mi memoria, quiero aprovechar, amigo cazador que me lees, para animarte muy sinceramente a que ayudes en la medida en que te sea posible a Fundación Artemisan en la impagable tarea que llevan a cabo cada día.

Y ya puestos, que te apuntes en tu agenda a Joaquín Cloquell, de Sierra Alta por si tienes planeado ir de montería o hacer algún buen rececho. E incluso quien sabe, puede que tuvieses la suerte de que te tocase cazar codo a codo junto a Remigio.

Carlos Traver, ganador de un macho montés representativo en Beceite en el sorteo realizado entre los colabores del proyecto ‘Amigos de la Fundación Artemisan’