JAVIER GUILLENEA / VOCENTO

Nacieron en la Península Ibérica y se han extendido por todo el mundo de manera dispar. En Australia quieren eliminarlos con un virus letal que tarde o temprano llegará a Europa.

Es que no aprendemos. En 1952, el médico jubilado francés Paul Félix Armand Delille, harto de que los conejos estropearan las cosechas de la finca a la que se había retirado, decidió exterminar a los invasores. Para ello, aplicó las prácticas de moda en Australia e inoculó el virus de la mixomatosis a varios ejemplares. El éxito fue arrollador.

Armand Delille había calculado que, al tener vallado su terreno, el virus no saldría más allá de los límites. Pero calculó mal. En menos de dos años había muerto más del 90% de la población francesa de conejos salvajes y domésticos. La mixomatosis, que no entiende de fronteras, se extendió por toda Europa y llegó a España, donde en algunas comarcas la mortalidad se acercó al 100%.

El expeditivo médico recibió duras críticas por parte de los cazadores y encendidos elogios de granjeros hartos de ver mermadas sus cosechas. En 1955 tuvo que pagar una multa de 5.000 francos, pero al año siguiente el Gobierno francés le condecoró con una medalla con su cara en el anverso y un conejo muerto en el reverso.

Lo que para unos había sido un desastre fue para otros una bendición, que es una suerte de resumen de la vida del conejo, una especie a la que medio mundo quiere erradicar y el resto repoblar. Entre los primeros se encuentran los australianos, que han intentado de todas formas posibles quitarse de encima la plaga que sufren desde que al colono inglés Thomas Austin se le ocurrió en 1859 soltar en la gran isla 24 conejos salvajes para tener caza en abundancia. Como en el caso del médico francés, su éxito fue arrollador. Seis años después, Austin había cazado unos 20.000 conejos y aún quedaban otros tantos en sus tierras. En 1950 campaban a sus anchas en toda Australia unos 600 millones de ejemplares, gazapo más, gazapo menos.

Aquello fue una desgracia medioambiental que destrozó flora y fauna y dio comienzo a una larga guerra de consecuencias imprevisibles en la que se ha empleado veneno, zorros, trampas, balas, una valla de 1.830 kilómetros y armas biológicas. La última batalla empezó en febrero con la decisión del Gobierno australiano de liberar por todo su territorio una nueva cepa del virus de la enfermedad hemorrágica del conejo, un mal que se contagia como la gripe pero tiene los efectos del ébola. La efectividad de esta cepa, denominada K5, es abrumadora. Sus víctimas mueren en 48 horas y la mortalidad alcanza al 90% de los ejemplares infectados.

 

«Un virus mortífero»

El problema, señala Francisco Parra, virólogo de la Universidad de Oviedo, es que «este virus es muy resistente a los desinfectantes, puede permanecer activo durante meses y se propaga fácilmente por el aire, a través de insectos, animales o en la ropa». Es todo un viajero que, si los vientos, barcos y aviones le son propicios, es capaz de llegar a cualquier parte con efectos desastrosos.

«El virus es mortífero», afirma Luis Fernando Villanueva, director de la fundación Artemisan, una organización dedicada a la valorización del sector cinegético y a la investigación del medio natural. Villanueva no se atreve a hablar de porcentajes de mortalidad entre los conejos españoles si la cepa australiana acaba llegando a la península. Tan solo recuerda que «en los años 60 la mixomatosis diezmó al 90%» y la virulenta variante de la enfermedad hemorrágica vírica que se propagó en 2011 «ha afectado en algunas zonas al 100%». De lo que sí está convencido es de que el K5, que no afecta a los humanos, nos alcanzará tarde o temprano. «Puede tardar cuatro o diez años, pero llegará», advierte. «Hay muchísima preocupación», insiste Villanueva, cuya fundación ha comenzado a realizar gestiones con las administraciones para poner en marcha medidas para paliar los efectos del virus. Lo importante, dice, es «estar preparados».

Nadie sabe a ciencia cierta qué puede ocurrir. «El virus puede llegar de cualquier forma, es relativamente fácil», afirma el biólogo de la Universidad de Sevilla Miguel Delibes Mateos. «Los expertos no parecen muy preocupados, pero todos estamos rogando para que no venga», señala Ramón Pérez de Ayala, responsable del proyecto SOS Conejo, desarrollado por la organización de conservación de la naturaleza WWF. El virólogo Francisco Parra está moderadamente tranquilo. «Creo que en España no sería un gran problema porque tenemos una historia de virus similares y las vacunas de siempre deberían ser eficaces contra el que pueda llegar de Australia». Sin embargo, no oculta sus temores. «No es posible vacunar a los animales silvestres. Estamos al albur de ver qué ocurre».

«El problema de sobrepoblación en Australia les ha llevado a realizar acciones en cascada a cual más descabellada y aún no lo han resuelto. Todo esto -asegura Francisco Parra- nos debería hacer pensar que cualquier acción humana sobre el ecosistema tiene consecuencias irreversibles». En nombre de la lucha contra el avance de los conejos se han cometido barbaridades sin que haya servido de mucho. «Es que no aprendemos», insiste Parra.

Con los conejos nunca se sabe, es lo que tienen. Y la Península Ibérica, solar de origen de esta especie que ha colonizado el mundo entero, no es una excepción. Según los agricultores, basta con pisar un matorral para que salte un conejo en España. Los cazadores, en cambio, se desviven por repoblar de estos animales zonas antaño repletas y ahora vacías. Unos dicen que hay demasiados y tratan de eliminarlos con trampas, hurones y escopetas. Otros, insisten en que hay pocos. Todos tienen razón.

 

Las rotondas colonizadas

«Hay muchísimos», aseguran fuentes de la Asociación Agraria de Jóvenes Agricultores, Asaja, que distinguen entre dos tipos de conejo: «el de monte y el de plaga». Castilla La Mancha ha entrado en emergencia cinegética ante la abundancia de conejos que asolan los cultivos de la región, lo que permitirá cazarlos este verano sin demasiados trámites. En Aragón la plaga se ha extendido a más de un centenar de municipios y en La Rioja los agricultores están desesperados por los destrozos que sufren sus sembrados. En Madrid hay rotondas colonizadas por conejos, que ya empiezan a apoderarse de algunos parques públicos donde el césped, siempre recién regado, es verde y nutritivo.

Y luego está el paraíso de los conejos, el parque temático donde todos quieren vivir. «Las líneas de alta velocidad y las autovías son como urbanizaciones para ellos, hay zonas en las que el número de individuos es increíble», dicen en Asaja. Estas infraestructuras están protegidas por zonas de seguridad valladas en las que no se permite cazar y donde entran los depredadores. Por si fuera poco, suelen estar flanqueadas por extensos y apetecibles campos de cultivo. Esta superpoblación es una pesadilla para los responsables de las líneas ferroviarias y las autovías, ya que los conejos construyen sus madrigueras bajo ellas y ponen en peligro la estabilidad del terreno.

Para que la presencia de conejos en una zona se considere una plaga se tiene en cuenta el Índice kilométrico de abundancia (IKA). A partir de tres ejemplares por kilómetro ya se puede empezar a hablar de invasión. Lo malo es que, como recuerda Delibes Mateos, estamos ante una especie «muy variable en espacio». «En algunas zonas agrícolas -afirma Pérez de Ayala- la población de conejos es bestial y en otras, que son de monte, está desaparecida. En algunos lugares hay muchos y si avanzas doscientos metros no encuentras ninguno».

No se sabe cuántos conejos hay en España. «En general hay menos en el campo que hace cinco décadas», asegura Delibes. La especie está en retroceso en Navarra y en Extremadura, en Sierra Morena casi ha desaparecido y en Doñana, que se ha librado in extremis del fuego de Huelva, está en las últimas. La mixomatosis primero y la enfermedad hemorrágica después, así como los cambios del uso del suelo y del paisaje, han hecho estragos en un animal del que dependen para vivir especies en peligro de extinción como el lince ibérico, el águila imperial y el águila perdicera.

«Es bastante complicado gestionar la población de los conejos porque lo que haces en un lugar no sirve en otro», admite Ramón Pérez de Ayala. SOS Conejo trabaja para consensuar una estrategia nacional que compatibilice el fomento de la especie y su control en zonas agrícolas. Todos buscan un equilibrio difícil de encontrar. Los conejos son originarios de la Península Ibérica. Saben más que el hambre.

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